De médicos, periodistas y fontaneros
El trabajo de un periodista se basa en los mismos preceptos en los que puede basarse el trabajo de un médico o de un fontanero. Quizás puede parecer irrisorio comparar tres profesiones tan dispares, pero si nos parásemos a pensar, probablemente, esto no nos parecería tan descabellado.
Tanto un médico como un fontanero han de conocer muy bien su trabajo y analizar lo que se disponen a hacer, ya que una “chapuza” les puede salir muy cara. Por lo general, esto se aplica también a los periodistas, ya que deben estar al día de la realidad, base de su trabajo y tienen la obligación de realizar una serie de tareas previas antes de plasmar el fruto de su trabajo, bien en un papel, bien ante las cámaras.
Fontaneros y médicos dominan, además, las herramientas con las que trabajan porque de ello depende, en mayor medida, el éxito de su labor. Pero ¿Cuáles son las herramientas de un periodista? Manteniéndonos en un nivel superficial, diríamos que un papel y un bolígrafo o su capacidad para dar forma a una serie de datos, pero estaríamos olvidando la herramienta más importante de la labor periodística, una herramienta tan importante que a veces no nos damos cuenta de que está a nuestra disposición: la lengua española (en nuestro caso).
Si cuando llamamos a un fontanero le exigimos un conocimiento absoluto de sus herramientas o cuando vamos al médico pretendemos que nos atienda aquél que mejor conozca su trabajo, ¿Por qué los que trabajan en los medios de comunicación se empeñan en no alcanzar el dominio de los utensilios que esta profesión les demanda?
Probablemente la culpa no sea sólo suya, sino de todos los que formamos parte de la sociedad, ya que no somos los suficientemente exigentes con ellos; nuestro bienestar no está en peligro porque un periodista no sepa utilizar el idioma y se dedique a clavarle “dardos” a diestro y siniestro, o al menos eso es lo que pensamos. Evidentemente, no nos afecta igual que si una de nuestras cañerías es mal reparada o que si un médico nos diagnostica una enfermedad que no es, pero causa un daño a largo plazo. Y digo a largo plazo porque, sin darnos cuenta, damos por válido todo lo que se dice en la tele y cómo se dice, “infectándonos” de las meteduras de pata de los informadores y trasladándolas a nuestro uso cotidiano del idioma, que cada vez será más defectivo.
Esto es precisamente lo que llevó a Fernando Lázaro Carreter a escribir tanto “El dardo en la palabra” como “El nuevo dardo en la palabra”; probablemente el autor peque en ocasiones de excesivo alarmismo, pero parece bastante evidente que se empieza a gestar una situación a la que hay que poner freno y cuanto antes mejor. Si otorgamos a los medios de comunicación, especialmente a la televisión, un papel educativo en el sentido de que, en los últimos años, se ha convertido en el principal difusor de la lengua española, que menos que exigirle que cumplan con su trabajo, de la misma forma que se la exigimos al resto de profesionales que, de una manera u otra, participan activamente en la construcción de nuestro bienestar.
Es un error, de una alarmante gravedad, considerar que los periodistas o pseudoperiodistas tienen la única misión de generar divertimento, sin importar la manera en la que lo hagan. A cualquier padre le alarmaría oír a su hijo adolescente confundir “bula” con “gula” y echaría la culpa al sistema educativo, al gobierno o a saber; lo que no se pararía a pensar es en la gracia que le hizo oír eso mismo en boca de una pseudofolclórica unas semanas atrás, ni en la influencia que el mal uso del idioma por parte de los profesionales de la comunicación tiene en la formación lingüística de sus hijos. ¿Y esto por qué? Pues porque, seguramente, no considera a los periodistas como profesionales, cuya misión no se limita a informar, sino que se hace extensiva a una correcta utilización de la lengua, su principal herramienta. Para él son, simplemente, los artífices de sus ratos de ocio.
Por ello, cuando se critica el mal uso de la lengua por parte de la sociedad española y muchos escurren el bulto señalando a la “tele” como la responsable de todos los males, deberíamos pararnos a pensar y dedicar unos minutos a analizar todo esto.
Posiblemente, llegaríamos a la conclusión de que tan culpables son ellos por no saber utilizar el instrumental que tienen a su disposición, como lo somos nosotros por no exigirles al mismo nivel que a nuestro médico o fontanero.
En definitiva, salvar a la lengua española, al igual que ocurre con las ballenas, no es una causa individual, sino que debe haber un consenso que lleve a plantar cara a los que consienten este maltrato sistemático. Aunque esos consentidores seamos nosotros mismos.

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